Sentirse con vida

Tenía mucho tiempo sin postear, pero no es tan grave. En ese tiempo viví unas escenas de la cotidianidad que me han permitido sentir la vida con una intensidad distinta, más reflexiva y a la vez más vívida. En ocasiones sentí estar en postales que alguna vez llegué a ver, en escenarios que alguna vez (estupidamente) envidié, en tierras distantes pero a la vez tan intensas que crees poder palpar el aire, rozar una nube con tu mirada y sentir la luz en tu cara descubierta.
La experiencia del desarraigo, la llegada, hallar tu lugar en el mundo, son emociones distintas, y me han brindado la oportunidad de aprender, no solo aprender de esta nueva-vieja tierra mediterránea, aprender de mí mismo, aprender a apreciar esos pequeños detalles que la naturaleza te brinda gratis. Ha sido un abrir los ojos lentamente, volver a ser un niño y descubrir (o redescubrir) aquello a lo cual le habías dado la espalda en algún momento.
Hace dos días caminé por la Plaza Soller, mitad tierra con árboles y par de parques infantiles, con laguna artificial y patos migratorios incluidos y, mitad cemento y plaza de juego, para la pelota, la bici . . . lo que sea. Venía de buscar periódico después de dejar a mi pequeñin en su cole, atravesaba en diagonal de punta a punta el parque, y observé a las palomas de siempre, las sobrealimentadas palomas urbanas de Barcelona, una bandada mimada por los vecinos generosos en migas de pan, cuando repentinamente alzaron vuelo en maniobra razante, a pocos metros del suelo, al unísono, y sobrevolándome hasta llegar a su punto de partida original. Segundos después repetían la maniobra, esta vez les atravesaba con mi cuerpo su vuelo, pasaban rozándome casi, sin error, sin chocar, con ese sordo sonido del batir de alas y plumas de un centenar de aves coordinadas, realizando piruetas y giros fantásticos. Nunca me había ocurrido esto, no sabía lo que era ser un bulto a evitar en el vuelo de una bandada de aves, nunca había escuchado ese batir de alas.
Me quedé ahí por varios minutos, repitiendo la experiencia un par de veces más, les agradecí y continué con mi camino. Parece tonto, pero sentí lo que un niño siente con una nueva experiencia, y me quedé maravillado, sin importar si a mis cuarenta y cuatro años hiciera el ridículo. Es necesario aprender a hacer el ridículo nuevamente. Se hace necesario romper con algunas ataduras, con algunos cliches y posturas sin vida.

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